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viernes, 15 de mayo de 2009

Alfareros del ser

Desde el descubrimiento de las tierras de América por parte de los europeos hasta la instauración definitiva de los regímenes coloniales, el americano fue tan ignorado como oprimido y destruido. Al americano se lo observo desde muchas perspectivas, pero todas ellas europeas; se los juzgo por su apariencia, por su conducta y por sus valores culturales, por su puesto sin siquiera conocerlos. Pero, ¿por qué es que se los trato de esta manera?, ¿por qué se los llegó a odiar o a amar si jamás nadie se digno a examinar un poco las diferencias culturales que se evidenciaban? Quizás las respuestas puedan reflejarse en la mirada de Cristóbal Colón, el primer europeo que llegó a estas tierras, y en las consideraciones de Bartolomé de las Casas sobre el nativo, y sobre la conquista cristiana que se hizo de este “nuevo mundo”.
El viaje de Colón tenía fundamentalmente dos grandes objetivos: convertir a los indios al catolicismo y extraer de estas tierras tanto oro y demás riquezas como fuera posible. Según sus Relaciones de viajes, al llegar nuestro almirante se encontró con gente muy simple, amigable, pacífica y servicial, pero también pobre, desprotegida y con una vida falta de “evolución”, según su propio parecer. Quizás también eran un tanto inocentes, ya que creyeron en él y su gente como venidos del cielo y no dudaron un momento en demostrarles toda su hospitalidad y su respeto. Será que no conocían de malas intenciones, como afirma Las Casas, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, al describir a los americanos como gente humilde, sin odio, sin maldad, y con una plena obediencia a sus señores naturales y también a los cristianos a los que de muy buena voluntad servían. Ambos consideraban a los nativos como gente buena, pero no se interesaron mucho en conocerlos, sino que se encaminaron en la labor del buen cristiano y se propusieron darles a conocer al verdadero Dios, a través de la religión universal, expandida desde occidente. Tanto Colón como Las Casas entendían que el aborigen era una persona a la que muy fácilmente se le podría educar en la fe cristiana ya que eran dóciles y de muy buen entender.
En el caso de Colón dejó bastante claro en sus crónicas que su meta principal el la consecución del oro, dejando atrás sus propósitos de evangelización, sobre la dio firmes malos ejemplos llevándose a España unas cuantas muestras gratis de esta tan agradable gente.
Por su parte, Las Casas sólo habla de los potenciales cristianos que son los americanos y las infernales obras de los españoles que optaron por la conquista, por la vía violenta y el hurto de riquezas, en desmedro de su otra misión, la de la conversión de los nativos. Claro está que en ningún momento se evidencia ese amor que se dice Las Casas tenía por los americanos, ya que si los amara no buscaría someterlos a tal alteración de sus vida espiritual; no se puede amar o defender lo que no se conoce. Lo único que Las Casas defiende es la imagen del catolicismo. Claramente ignora la identidad del americano, y no lo respeta mas que sus torturadores, ya que atentar contra integridad física del hombre, aún significando su muerte, no es en definitiva un acto peor al de imponerle al otro una identidad que le es ajena, una vida, una forma de pensar y actuar que no le pertenece y que no tiene que ver con él; es como matarlo y usar su cuerpo y su mente para crear a alguien nuevo, alguien aceptable para la cultura occidental y exento de la condición de inferioridad que se le atribuía por su estado primitivo (según Europa).
Cristóbal Colón y Bartolomé de las Casas demostraron que Europa, mas allá de las masacres que efectuó, tenía claro el cómo tratar a quien fuese diferente, al otro: debe ser igual a mí o no ser nada. Al otro se lo construyó desde afuera, desde la costa, sin mayores intenciones que usarlo para beneficio propio. Quizás jugando el papel de Dios se pretendió darle la forma adecuada, cual alfarero da forma al barro según el lo desee.

jueves, 14 de mayo de 2009

Versiones americanas de un sentir universal

Artículo producido para la cátedra Historia de la Cultura II (2006)
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El mayor problema de toda la historia de la humanidad siempre ha sido, y siempre será, la dominación del hombre sobre el hombre. Ni aún con las más puras intenciones de instaurar en determinadas regiones del mundo lo que podríamos llamar “igualdad social” y “representatividad política de los gobernados” (como requisito de cualquier sistema de gobierno), no sería esto más que un primer paso, limitado territorialmente, hacia una imposibilidad humana más que demostrada a lo largo de la historia; ojalá esté yo en un error, pero hasta es difícil que la más elaborada y creativa ficción pueda esbozar siquiera tan anhelada situación. Pero es lo que todo pueblo desea profundamente y lo que todo gobernante dispuesto a escuchar a su gente debe perseguir. Es lo que se halla inscripto en la fisonomía humana en general, independientemente de la geografía que lo contenga. Aún así, sus expresiones, manifestaciones y reflejos si pertenecen a un lugar, si le son propios a un pueblo en particular, y de allí la discursiva de sus líderes y de allí la manera en estos les responden; y de allí su historia.
En América Latina pueden encontrarse algunos intentos por lograr algo similar a esta igualdad, presentados desde los discursos de quienes los encabezaron, tanto a nivel de países, como de regímenes de gobierno. Sólo rescataré aquí tres de ellos y los problemas que, según sus líderes expresaban en sus apariciones públicas, obstaculizaron la consecución de este lejano y monumental objetivo. Por un lado, las palabras de Yrigoyen y Perón. Por el otro, la discursiva del “Che” Guevara.
Hipólito Yrigoyen, encontraba en el propio sistema de gobierno de la Argentina, en la realidad social que caracterizaba al país en aquel tiempo y hasta en la prensa, las causas del caos, de la confusión que le molestaba a la hora de llevar adelante su Reparación. Para esto, le hablaba al pueblo de cómo debía ser el pueblo, mediante convicciones, que transmitía como verdades absolutas (sólo propias quizás), con las que justificaba férreamente las cualidades de su Unión Cívica Radical en pleno proceso de gestación. Más allá de sus intenciones particulares, se escuchaba al pueblo, mediante la voz de Yrigoyen, pedir por cambios, por una realidad mejor, por ser lo que desde hacía mucho se suponía que fuese.
Por su parte, Juan Domingo Perón, denunciaba trabas tanto dentro como fuera de la Argentina a la hora de avanzar hacia su Justicia Social. En realidad, Perón advertía una “guerra psicológica organizada y dirigida desde el exterior, con agentes en lo interno”. Por esto mismo es que pedía al pueblo su apoyo para “combatir a los malos argentinos y para combatir también a los malos peronistas (…) el apoyo que nos pueda llevar a una depuración de la República y a una depuración de nuestras propias fuerzas”. Para convocar al pueblo, parece haber pretendido aprovechar su cualidad de no-erudito para explicarle a la gente con palabras comunes y entendibles lo que debían saber, aunque en ningún momento menciona en sus discursos de donde extraía las verdades que tanto defiende y anuncia. El pueblo hacia sentir que no deseaba seguir sufriendo y que temía la injusticia con que se movía y aún se mueve el mundo liberal.
Finalmente, el Che encuentra sus problemas en el ámbito internacional. Hablaba de una lucha contra las potencias imperialistas, pero una lucha popular, en base al sacrificio de obreros y campesinos, y al estudio, el trabajo y la movilización de los jóvenes. Pero no sólo se refirió a los intentos occidentales de acabar con el socialismo en todo el mundo, sino que también tuvo la suficiente capacidad de liderazgo como para buscar obstáculos también en la trama interna de la configuración de la sociedad cubana. En este marco es que evidenció el sectarismo como una enfermedad que causaba tanto el retraso en el desarrollo social e ideológico, como el distanciamiento entre la dirigencia y las masas, de manera tal que “desorientados por el fenómeno del sectarismo, no alcanzábamos a recibir la voz del pueblo, que es la voz más sabia y más orientada”. A consecuencia de esto, planteaba el análisis y la redefinición de los organismos del estado, ya que por el desconocimiento de la dialéctica que mueve a las masas, se limitaban sólo a dar directivas y no recibían nada de las bases. La clase dirigente se había encerrado en la causa social, pero había dejado afuera a la sociedad, a la que les pidió apoyo, trabajo y dedicación al desarrollo y la defensa del país: “el estudio, el trabajo y el fusil” era la consigna para los Jóvenes Comunistas. No se dirigía a la gente desde el intelecto, sino desde el compromiso con la causa revolucionaria que hermanaba a casi toda la isla, que demostraba su anhelo de que la revolución por la que lucharon, sufrieron y resistieron no acabara en una debacle política, económica y social.Entre agentes internos y presiones o bloqueos externos, es que algunos de los aires de una suerte de igualdad (implícita en la doctrina socialista en el caso de Cuba) que corrían por este continente, se atenuaron o desviaron su rumbo hacia la igualdad de los pocos de arriba. Aún así, la utopía sigue latente, sigue escrita en la tierra, de puño y letra del pueblo, hasta que algún dirigente observe el suelo, la vea, la entienda y la lleve a instancias tales como las aquí se mencionan, con mayor o menor representatividad, con mayor o menor compromiso.